¿En dónde vive Marx?
Seminario Marx Vive
¿En dónde vive Marx?
Estimado lector:
El presente texto es una ponencia que su autor presentó a la coordinación del Seminario Marx Vive el 13 de septiembre de 2010, solicitando incluirla dentro de la programación.
Las comunicaciones cruzadas fueron las siguientes:
“Doctor…:
Yo soy profesor de la U. Autónoma y de la Libre, he sido investigador de la U. del Rosario y de la Autónoma.
Le adjunto a la presente nota la introducción de la ponencia, en la que está planteada la temática y los aspectos centrales que se tratarían.
Le ruego el favor me suministre la información de la preparación del seminario, la programación y el calendario. Así mismo le ruego me informe si es posible mi inclusión dentro de los ponentes.
Muchas gracias por la atención a la presente nota.
Atentamente,
E. O. D.”
Respuesta
14/09/2010
Para E. O. D.
De: …
Enviado: martes, 14 de septiembre de 2010 08:08:27 a.m.
Para: E. O. D. (edgospid@hotmail.com)
Estimado…:
Edgar Ospina D.
Agradezco tu interés en nuestro Seminario. Le comento que la programación ya se encuentra definida. Así es que veo muy difícil que podamos incluir la ponencia que nos ha enviado. No obstante, miraremos opciones y te comentaremos.
Saludos
…..”
Habiendo conocido la ponencia consideramos conveniente que los asistentes al seminario tengan acceso a ella.
Por eso la hemos editado, con el permiso del autor y por nuestra cuenta.
¿En dónde vive Marx?
CARLOS MARX
INTERNACIONALISTA
Y MILITANTE REVOLUCIONARIO
“Pero la máxima aportación a la victoria final la harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia de sus intereses de clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses les aparten un solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del proletariado. Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente”
Carlos Marx, Londres, marzo de 1850
“La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera. Así parece haberlo comprendido ésta, pues en Inglaterra, en Alemania, en Italia y en Francia, se han visto renacer simultáneamente estas aspiraciones y se han hecho esfuerzos simultáneos para reorganizar políticamente el partido de los obreros. La clase obrera posee un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben excitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados. Guiados por este pensamiento, los trabajadores de los diferentes países, que se reunieron en un mitin público en Saint Martins Hall el 28 de septiembre de 1864, han resuelto fundar la Asociación Internacional”
Carlos Marx, 21-27 de octubre de 1864
Desde 1989-1990 —cuando la URSS se desintegró, cayeron los gobiernos de unidad popular de Europa, Alemania se unificó bajo las banderas del capitalismo, Cuba y Corea del Norte quedaron flotando como flota una pluma de una paloma en medio de un vendaval y cuando China ya llevaba largos kilómetros recorridos en su retorno al capitalismo–se puso de manifiesto en forma real y práctica algo que ya sabíamos teórica y políticamente hacía muchas décadas, el fracaso del segundo intento de la clase obrera por sustituir el capitalismo por el socialismo; el primero había sido la Comuna de París de 1871.
A diferencia de la Comuna de París, el fracaso de este segundo intento –que empezó con la Revolución Socialista Rusa de 1917, la revolución bolchevique—, tuvo y sigue teniendo unos efectos catastróficos para la clase obrera, para el socialismo y el marxismo. Sin un balance crítico, franco y abierto del proceso político que vivió la URSS entre 1924-1989 la recuperación del marxismo, el socialismo y la clase obrera, será un proceso mucho más difícil, tortuoso y prolongado.
Cabalgando sobre el anterior fracaso todos los apologistas del sistema capitalista, en coro y en voz alta, gritaron y siguen gritando que el marxismo ha muerto, que ha muerto el socialismo y que las luchas de la clase obrera definitivamente no tienen futuro. Esta orgía apologética llegó a su clímax con la obra de uno de los más destacados charlatanes que ha producido la ideología burguesa, en los últimos años, el señor Francis Fukuyama, “Fin de la Historia y el último hombre”.[1]
Pero al mismo tiempo que se intensificó el proceso anterior, miles de intelectuales, profesores universitarios, organizaciones sindicales y políticas en el mundo han salido a desmentir aquella afirmación y a defender la obra de Carlos Marx, el socialismo y la clase obrera; se han producido muchas investigaciones enriqueciendo la teoría, reubicando procesos históricos que en el siglo XX se habían dado por resueltos, etc.[2] La inmensa mayoría de esta labor se ha desplegado en el campo de la teoría marxista: la economía y dentro de este campo la teoría del valor, el trabajo, las crisis, la denominada globalización, así mismo se han realizado trabajos en el campo de la política, la filosofía, la ecología, el socialismo con democracia como alternativa al capitalismo, etc.
Toda esta labor ha tenido un propósito central: afirmar que el marxismo no ha muerto, es una teoría científica y por ende revolucionaria, que sigue teniendo vigencia, está viva, se sigue desarrollando y sigue siendo, a pesar de los problemas no resueltos, los errores, equivocaciones y fracasos, la crítica más sistemática, completa e implacable del sistema capitalista e imperialista vigentes en el mundo. En este campo hay un sector que es mucho más concreto y afirma sin vacilaciones que el marxismo sigue siendo la única herramienta seria que tienen los trabajadores para interpretar y explicarse la suerte que han corrido, que viven hoy en todo el mundo, y lo que es más importante, la única teoría que explica la posibilidad que tiene la clase obrera de liberarse de las cadenas de la explotación capitalista, liberando igualmente a la humanidad de este oprobioso sistema; al que Marx denominó, con toda razón, el moderno sistema de esclavitud asalariada, y que este objetivo no se puede lograr sino es luchando por la toma del poder y por construir el socialismo con democracia en todo el mundo.
Pero lo que hemos dicho hasta aquí no son más que frases generales, reiterativas y obvias. Si Marx y el marxismo viven, vale la pena preguntarse y ¿dónde es que Marx y el marxismo han vivido en los últimos 150 años?, ¿Cuál es el sitio o ámbito más seguro y fértil para que el marxismo siga viviendo, y no solo viviendo o sobreviviendo, sino para que limpie su imagen enlodada por el estalinismo, se desarrolle creativamente, actúe y cumpla la función central que le asignó su creador: ser la teoría que guíe a la clase obrera y a todos los explotados y oprimidos del mundo para la lucha contra el capitalismo y por el socialismo con democracia?.
Marx ha vivido y sigue viviendo en las investigaciones teóricas que se han desarrollado en muchos lugares del mundo y que están desarrollando muchos aspectos que Marx sólo dejó planteados o bosquejados en sus obras e incluso llenando vacíos en relación a problemas que no pudo plantearse en su tiempo; así mismo vive en los congresos científicos, reuniones, asambleas, seminarios y foros, donde el marxismo y su defensa es tema central.
Pero debemos decir, partiendo precisamente del marxismo, que esa manera de vivir de Marx y su doctrina, sin dejar de ser importante, es una manera precaria, frágil, débil e incierta de vivir y de existir. El ámbito relativamente seguro en el cual puede vivir y desarrollarse creativamente el marxismo, y si Marx viviera se sentiría muy cómodo, es la lucha de clases, es la lucha concreta anticapitalista.
Más en concreto, Marx vive en todos y cada uno de los oprimidos y explotados por el capital, en los millones de trabajadores inmigrantes que realizan los peores trabajos y los más mal pagos; vive en los millones de mujeres discriminadas y maltratadas, en las minorías negras e indias, vive en la tradición de los oprimidos, cuando han triunfado y cuando han sido derrotados, es decir en los procesos revolucionarios concretos como la revolución de 1848, la Comuna de París, la Revolución Rusa de 1917, la Revolución China y Cubana, pero de manera muy especial en la Revolución Rusa de 1917, la revolución obrera y socialista clásica, el más grande laboratorio social y político en el que se experimento la teoría marxista en su totalidad y cuyo 93 aniversario se está cumpliendo en octubre de 2010. Igualmente vive en las organizaciones políticas que orientaron y dirigieron a los trabajadores en los procesos revolucionarios, como el partido Bolchevique (hasta 1924) y la Tercera Internacional Comunista (1919-1924). Así mismo vive en todas las luchas que han librado los pueblos como Irak y Afganistán contra el imperialismo y los trabajadores de todo el mundo en los últimos 20 años resistiendo a la ofensiva privatizadora del capitalismo y defendiendo las conquistas laborales y las libertades democráticas.
Más aún, hay que afirmar, sin ninguna duda, que el marxismo como teoría económica, como filosofía, como teoría de la revolución socialista, no se construyó a través de la –casi siempre– apacible vida académica, ni mediante investigaciones pagadas por el Estado, por la empresa privada capitalista o por las instituciones estatales encargadas de la investigación. Se construyó mediante la combinación genial de la actividad teórica y práctica; llevada a cabo en el contexto concreto de la lucha de clases, mediante una crítica despiadada e intransigente de la sociedad capitalista, en polémicas ardientes con el mundo académico[3] con otras tendencias políticas con expresión al interior de la clase obrera o del mundo burgués[4]; apoyándose en todos los avances de la ciencia, y de manera determinante interviniendo activamente en los procesos revolucionarios en curso como la Revolución de 1848 y la Comuna de París (1871), haciendo el balance crítico y franco de éstos procesos y de la actuación de los socialistas y la clase obrera en ellos.
Por lo anterior voy a contraer esta exposición a reseñar y dejar planteados tres problemas estrechamente relacionados con Marx: su teoría de la revolución socialista mundial, la organización que se necesita, según su propia apreciación, para poder luchar con relativa eficacia por la revolución mundial y, finalmente, la suerte que estos dos planteamientos centrales corrieron en la realización y posterior desarrollo de la Revolución Rusa de 1917[5], el más grande y completo laboratorio en el que la teoría de Marx se ha puesto a prueba.
Marx, el internacionalista
Marx no sacó de la nada la teoría de la revolución socialista, la construyó interviniendo en la revolución de 1848, desde la organización en la que militaban: La Liga Comunista. Luego la completó con la experiencia de la Comuna de París en 1871 y desde la 1ª Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores. Aunque desde un punto de vista más general se habían formulado los primeros lineamientos de esta teoría en La Sagrada Familia (1844) y en La Ideología Alemana (1845).
El carácter internacionalista del programa y la política propuestas por el marxismo a la clase obrera comprende dos aspectos distintos pero indisolublemente unidos: uno: la teoría de la revolución socialista; que descansa sobre el postulado teórico y político que la clase obrera puede tomar el poder en un país capitalistamente atrasado, pero que para la construcción del socialismo es indispensable contar con el concurso y el triunfo de la revolución en algunos países capitalistamente desarrollados, que el socialismo será mundial o no será socialismo. Y dos: que para llevar a cabo esta gigantesca tarea es de primordial importancia que la clase obrera se asocie internacionalmente en una férrea organización política, como la que ayudaron a crear en su tiempo Marx y Engels, con la sigla Asociación Internacional de los Trabajadores, conocida también como Primera Internacional.
La toma del poder
y la construcción del socialismo
El primer proceso revolucionario en el que participaron Marx y Engels, como miembros de la Liga Comunista y con el Manifiesto Comunista como programa, fue la Revolución Europea de 1848. Aunque en términos generales, su concepción de la revolución la plantearon desde antes de 1848 pero fue el proceso revolucionario en concreto el que les permitió culminar su proceso de elaboración teórica.
En la Sagrada Familia, refiriéndose a Napoleón, se afirma que:
“llevó a cabo el terrorismo en cuanto que sustituyó la revolución permanente por la guerra permanente”.[6]
En La Ideología Alemana sobre la misma problemática se afirmó:
“Empíricamente, el comunismo no es realizable sino a través de la acción inmediata y simultánea de las poblaciones mayoritarias, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y las relaciones internacionales que le están vinculadas […] El proletariado, así, no puede existir sino en el seno de la historia mundial; como el comunismo, sus actividades sólo pueden tener una existencia” histórico mundial””[7]
Aunque el Manifiesto Comunista fue escrito y publicado antes de la Revolución de 1848, ya se expresaba allí que el proletariado apoyaría la lucha de la burguesía contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía reaccionaria, pero al mismo tiempo era necesario inculcar en los obreros la más clara conciencia de su antagonismo hostil frente a dicha burguesía, para empezar la lucha contra ésta inmediatamente se lograran los anteriores objetivos. La clase obrera lucha por alcanzar sus objetivos inmediatos pero, al mismo tiempo, defiende dentro del actual movimiento el porvenir de su propio movimiento.[8]
La formulación era general y abstracta. Todavía sus autores no habían participado en un proceso revolucionario concreto.
Fue la revolución de 1848 la que les permitió afinar el análisis.
En marzo de 1850 en un texto titulado Petición a la autoridad central de la Liga de los Comunistas, luego de la derrota de la Revolución de 1848, Marx plantea —una vez más– cómo ve la dinámica de la revolución socialista:
“El partido del proletariado debe diferenciarse de los demócratas pequeñoburgueses que quieren terminar con la revolución lo más pronto posible […], y debe hacer la revolución permanente hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido echadas del poder […] en todos los países principales del mundo […] En lugar de rebajarse una vez más a servir de sostén a los demócratas burgueses, los obreros y sobre todo la Liga deberían trabajar para constituir una organización distinta, secreta y pública, el partido obrero, y hacer de cada “Comuna” el centro y el núcleo de los agrupamientos obreros, donde la posición y los intereses del proletariado serían discutidos en forma independiente de las influencias burguesas”[9]
En una Circular de la Liga Comunista escrita por Marx y publicada en 1850 se afirma lo siguiente:
“Mientras los pequeñoburgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda, después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba mencionadas, nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no sólo en un país sino en todos los países predominantes del mundo, en proporciones tales que cese la competencia entre los proletarios de esos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”[10].
En 1958, en una carta a Federico Engels a propósito de la crisis capitalista, Marx vuelve y reitera su planteamiento:
“La burguesía conoce un nuevo renacimiento. Ahora, en verdad, el mercado mundial existe. Con la apertura de California y de Japón al mercado mundial, ya está, tenemos la universalización. Por tanto, la revolución es inminente; tendrá de inmediato un carácter socialista. El único problema, y te pregunto tu opinión, lo que piensas, es ¿cómo la revolución podrá resistir en un rincón del mundo tan pequeño como Europa?[11]
Esta concepción fue desarrollada y complementada con los análisis de la Comuna de París y la discusión con la socialdemocracia alemana en relación al Programa de Gotha.[12]
Este problema teórico y político [la dinámica de la revolución socialista mundial] estuvo planteado en la Revolución Rusa en 1905, en febrero y octubre de 1917 y –de manera definitiva– en 1923-24. Aunque Lenin inicialmente formula la concepción de la revolución ininterrumpida luego, a partir de febrero de 1917, con la caída de la monarquía y el inicio del gobierno burgués de Kerensky, consideró que la revolución socialista está a la orden del día y plantea la consigna: todo el poder a los Soviets. Desde entonces Lenin y Trotsky estuvieron de acuerdo en la concepción del proceso revolucionario. Lenin siempre insistió que si no se lograba el triunfo de la revolución en alguno o algunos países desarrollados perderían la batalla en Rusia. Tarea central era colocar el poder en Rusia al servicio de ayudar a impulsar la revolución socialista mundial. De aquí la necesidad apremiante de fundar la Tercera Internacional en 1919. El gobierno norteamericano ofreció a Lenin y Trotsky reconocer el gobierno de los Bolcheviques, si estos renunciaban a seguir impulsando la revolución en otros países capitalistas, pero esta propuesta fue rechazada y, por el contrario, se arreció la lucha por lograr el triunfo revolucionario en Alemania y en otros países. Para los bolcheviques este era un problema fundamental en el que no se podía negociar con el imperialismo. En la concepción de la revolución socialista mundial siempre hubo una coincidencia en el enfoque de Marx y de Lenin.
“Para Lenin, como para Marx y Engels, la revolución socialista es, por esencia, mundial, aunque la toma del poder por la clase obrera no pueda realizarse simultáneamente en todos los países, ni siquiera en varios a la vez, salvo rara coyuntura. Este carácter mundial de la revolución socialista deriva, en Marx, de la naturaleza misma de las modernas fuerzas productivas, en virtud de la cual el capitalismo es un sistema mundial, un mecanismo económico que tiende a la integración de la sociedad humana a escala planetaria. Producto, en última instancia, del paso a un nivel aún más elevado de las fuerzas productivas, el socialismo no puede cobrar existencia real, con mayor razón que el capitalismo, más que como sistema mundial. Lo cual implica, como condición necesaria, que la revolución triunfe en los países económicamente desarrollados. Sólo cuando la “…gran revolución social- dice Marx- haya dominado esas realizaciones de la época burguesa que son el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndolas al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano dejará de parecerse a ese odioso ídolo pagano que no quería beber el néctar más que en el cráneo de las víctimas“[13]
Pero como una respuesta a este problema y a esta formulación también se elabora otra perspectiva alterna y opuesta, la construcción del socialismo en un solo país y, luego, incluso, la construcción del comunismo en un solo país.
Georg H. von Vollmar, en 1878, sostuvo la tesis que era posible, refiriéndose a Alemania, un “Estado socialista aislado”, tratando de apoyarse en la ley del desarrollo desigual. Stalin, inmediatamente después de la muerte de Lenin en enero de 1924 ratificó la concepción de la imposibilidad de construir el socialismo en la Rusia aislada, pero a finales de este mismo año, luego de las derrotas del proletariado en Europa y particularmente en Alemania, y luego de algunos éxitos parciales de la economía soviética, llegó a la conclusión que sí era posible construir el socialismo en Rusia, prescindiendo de la revolución socialista mundial. Según Stalin, su ruptura con Trotsky se debió a “el slogan idiota, “La Revolución Mundial”.[14] A este extremo llegó su nacionalismo estrecho y su teoría del socialismo en un solo país, considerando a los defensores de la revolución mundial como simples idiotas. Luego se llegó al extremo del absurdo afirmando que era posible no sólo construir el socialismo en un solo país, sino el comunismo.[15] La construcción del socialismo en un solo país (nacionalismo) y la revolución permanente (internacionalismo), fue el centro de las divergencias teóricas, programáticas, políticas y organizativas al interior de la URSS, del Partido Bolchevique y del marxismo a nivel mundial desde 1928 La concepción nacionalista, la defensa del poder y los privilegios de la burocracia, y las negociaciones con Inglaterra y Estados Unidos en el marco de la Segunda Guerra Mundial condujeron al estalinismo a disolver la III Internacional, para nunca más volverse a plantear el internacionalismo proletario.
Desde 1936, en su texto La revolución traicionada Trotsky dejó planteado el posible desenlace que tendría el proceso abierto en la URSS en 1924 bajo las orientaciones de la construcción del socialismo en un solo país y la conducción de la burocracia estalinista:
“Un aislamiento indefinido provocaría infaliblemente, no el establecimiento de un comunismo nacional, sino la restauración del capitalismo. Si la burguesía no puede dejarse asimilar pacíficamente por la democracia socialista, el Estado Socialista, por su parte, tampoco puede asimilarse al sistema capitalista mundial. El desarrollo socialista pacífico de “de un solo país” no está a la orden del día en la historia; una larga serie de trastornos mundiales se anuncia: guerras y revoluciones. En la vida interior de la URSS también se anuncian tempestades inevitables. En su lucha por la economía planificada, la burocracia ha tenido que expropiar al kulak; en su lucha por el socialismo, la clase obrera tendrá que expropiar a la burocracia sobre cuya tumba podrá escribir este epitafio: “aquí yace la teoría del socialismo en un solo país””.[16]
Desgraciadamente la clase obrera rusa no pudo expropiarle a la burocracia el poder y en 1989 se cumplió una de las peores hipótesis planteada por Trotsky: se restableció el capitalismo producto de las presiones del imperialismo y con la colaboración de la burocracia restauracionista; entonces los enemigos de los trabajadores y el socialismo pudieron escribir: el socialismo, la clase obrera y marxismo han muerto, Rusia se ha convertido en la tumba de Marx y de Lenin, en últimas: “aquí yace la clase obrera, el socialismo y el marxismo”. La tarea que tenemos los verdaderos defensores de Marx y el marxismo es contribuir a restablecer la verdad histórica, hacer un balance crítico del periodo entre 1924 y 1990, redimir al marxismo del estado de postración en que ha sido colocado y luchar por que vuelva a ser lo que fue en los tiempos de Marx, Engels, Lenin, Trotski y Rosa Luxemburgo.
La necesidad de la organización
política internacional
Al problema de la construcción de una organización política internacional, el crucial del marxismo, Marx le dedicó buena parte de su vida; a tal extremo que en varios momentos suspendió su trabajo teórico para dedicarse a dicha actividad. Su militancia en la Liga Comunista y en la Asociación Internacional de los Trabajadores, además de la precariedad de su salud, son los responsables que El Capital haya quedado inconcluso y muchos otros proyectos teóricos que se planteó ni siquiera los haya podido iniciar.
Siempre insistió, a lo largo de toda su vida, en la necesidad que tiene la clase obrera y los trabajadores de organizarse políticamente, en forma independiente de la burguesía y sus partidos, en una asociación o partido mundial, para poder coordinar sus acciones, hacer realidad la solidaridad de clase, poderse plantear seriamente el problema del poder, del gobierno y de la construcción del socialismo. Es el problema de la solidaridad y la organización política independiente y de clase, sintetizada en la consigna del Manifiesto Comunista: proletarios de todos los países uníos. Esta no es una simple frase puesta al azar en el Manifiesto: es la síntesis y la razón de ser de toda la teoría marxista, el marxismo es la teoría de la liberación de la clase obrera y cómo ésta no se puede liberar sin liberar, a su vez, a toda la humanidad de las garras del capitalismo.
Si la revolución hay que intentar seguirla desarrollando, tratar de extenderla a otros países y luego a todo el mundo, hacerla permanente, entonces se necesita una organización mundial que canalice y centralice la solidaridad y el internacionalismo de la clase obrera y de todos los explotados y oprimidos del mundo.
Marx militante: la Liga Comunista
y la 1ª Internacional
Cuando se menciona o se hace referencia a Carlos Marx, su nombre se asocia con el Manifiesto Comunista, los tres tomos de El Capital, La Lucha de clases en Francia, con la teoría del valor, la alienación, la plusvalía y en términos generales con la concepción marxista desde el punto de vista filosófico, económico y político. Pero no se pone el mismo énfasis en su actividad encaminada a crear la Liga Comunista o la Asociación Internacional de los Trabajadores, ni en su compromiso militante.
Marx, sin embargo, siempre, a lo largo de su vida, supo combinar genialmente su trabajo teórico con su actividad militante y, en concreto, su actividad tendiente a crear órganos de prensa (periódicos, revistas, etc.) y, de manera especial, la organización política independiente de los trabajadores a nivel internacional.
En dos organizaciones se concretó el qué hacer organizativo de Carlos Marx [y de Federico Engels]: su compromiso directo y militante con la creación, organización y accionar político de la Liga Comunista y en la creación de la primera organización internacional de los trabajadores, denominada La Primera Internacional. Carlos Marx nunca concibió su trabajo de investigación científica y elaboración teórica por fuera de la militancia y el compromiso orgánico concreto. Su obra teórica inconclusa obedeció, en gran medida, a sus compromisos de militancia concreta, a su precaria salud y a la estrechez económica –que en muchos momentos rayó con la miseria– en que vivieron él y su familia.
El Comité de Correspondencia Comunista es la primera organización creada por Marx y Engels en la primavera de 1846 en Bruselas. Es un pequeño grupo de 14 miembros, en su mayoría intelectuales u obreros inmigrantes. El propósito central del Comité era servir de enlace entre la Liga de los Justos (de Londres) y el resto de organizaciones socialistas de Europa.
El Comité ingresa a la Liga de los Justos y la influencia de Marx y Engels crece al interior de ésta organización; rápidamente proponen que debe abandonar su forma de sociedad secreta de conspiradores y, en consecuencia, cambia de nombre y se convierte en la Liga de los Comunistas, para poderse diferenciar de los llamados socialistas “verdaderos”, que de socialistas no tenían nada. La Liga de los Justos cambia también su divisa “Todos los hombres son hermanos” (del poeta Robert Burns) por la que se hizo memorable y con la que termina el Manifiesto Comunista: “Proletarios de todos los países, ¡uníos!”. La Liga Comunista es la que encarga a Carlos Marx y Federico Engels para que redacten el programa, que se conoce universalmente como Manifiesto Comunista.
Los miembros de la Liga Comunista intervinieron a fondo en la Revolución de 1848, pero este proceso revolucionario fue derrotado e hizo entrar la Liga Comunista en una profunda crisis que se tradujo en su desaparición. A partir de ese momento, y de manera temporal, Marx le da más importancia a su trabajo teórico, teniendo en cuenta que las masas trabajadoras han sido derrotadas en la revolución de 1848 y no hay condiciones para nuevos proyectos organizativos, en forma inmediata.
Pero en el verano de 1864 un emigrado francés, profesor, llamado Lelubez, viene a su casa a invitarlo para que participe en una reunión que se va a realizar y le propone que lo haga en representación de los obreros alemanes. Marx sugiere que el representante de los obreros alemanes sea Joham George Eccarius y acepta participar en la reunión pero como un simple invitado. La reunión se realiza el 28/9/64 en el Saint Martins Hall de Covent Garden. De esta reunión surge La 1ª Internacional. Marx es el único asistente a la reunión que no es obrero y es designado para hacer parte del Consejo General de la organización. Luego es encargado de redactar un llamamiento inicial y los estatutos.
La 1ª Internacional tenía una composición variada: bakuninistas, produnianos y marxistas. Alcanzó a reunir 6 Congresos, el primero el 28/9/64 y el último en septiembre de 1873. La Internacional participó activamente en la Comuna de París. La derrota de este primer intento de la clase obrera por instaurar el socialismo hizo que la Internacional entrara en crisis. En 1873 se disuelve temporalmente, por decisión de la dirección; pero al mismo tiempo que se disuelve, Federico Engels, de acuerdo con Marx, anuncia cómo debería ser la 2ª Internacional. Este episodio de disolución se quiso asociar y utilizar para justificar la disolución de la III Internacional en 1943, pero como veremos posteriormente no tienen ningún parecido: Mientras la 1ª Internacional se disolvió provisionalmente, en espera de mejores condiciones para crearla de nuevo, su disolución obedecía a su agotamiento y en ningún momento como consecuencia de un acuerdo con los gobiernos enemigos de la clase obrera.[17]
La 2ª Internacional y la primera gran traición
al socialismo y a la clase obrera
En la creación de la II Internacional no participó Marx pero si lo hizo Federico Engels. Ya antes de su fundación, como lo hemos dejado dicho antes, Engels expresó cómo debería ser esa segunda internacional.
La 2ª Internacional se fundó con ocasión de la conmemoración de los cien años de la Revolución Francesa o sea en 1889. Así como la 1ª Internacional tuvo como cuna y epicentro a Inglaterra, el país más desarrollado capitalistamente en ese momento, la 2ª Internacional se creó y desarrolló sobre la base del desarrollo capitalista alemán, luego de su triunfo en la guerra franco-alemana 1871 y el crecimiento de la clase obrera y el movimiento sindical en el país.
Tres factores contribuyeron a crear, a finales de la década del 80, las condiciones para fundar y organizar la 2ª Internacional: el crecimiento del movimiento socialista, la pérdida del monopolio industrial de Inglaterra con el consiguiente aumento de la miseria, el fortalecimiento y la lucha del movimiento obrero alemán. Así como la Primera Internacional fue la del impulso inicial al movimiento, la Segunda fue la Internacional de la organización y del crecimiento orgánico de la clase obrera. La Socialdemocracia tenía en sus filas poderosas organizaciones sindicales, una fuerte fracción parlamentaria, millones de votos y un importante sector de la clase obrera que había logrado acumular importantes derechos y garantías. Este sector de la clase aparecía como privilegiada frente a la masa general del proletariado. Por encima de este sector privilegiado y como su dirección se levantaba la cúpula de la socialdemocracia que gozaba de importantes privilegios y gabelas.
En los primeros años de la Internacional, como en la época de Marx, se debió librar una dura lucha contra los anarquistas, continuidad de la ya librada en la 1ª Internacional contra el bakuninismo. Las influencias anarquistas fueron combatidas bajo la dirección de los socialistas alemanes y en el Congreso de Londres de 1896 se excluyó definitivamente a los enemigos de la lucha parlamentaria y se definió que sólo se admitían organizaciones socialistas y sindicatos en las filas de la Internacional. Desde el momento en que fue derrotada la tendencia anarquista al interior de la Internacional, ésta se convirtió en la dirección indiscutida del movimiento obrero hasta 1914, cuando se produjo su colapso.
Pero derrotado el anarquismo, como la realidad no es pura, se instalaron al interior de la II Internacional dos discusiones que iban a ser determinantes: los debates sobre reforma-revolución y oportunismo-sectarismo.
Para el marxismo la reforma y la revolución nunca fueron excluyentes sino dos aspectos distintos de la realidad, que en su desarrollo práctico se complementaban. Quien hizo una de las mejores formulaciones de este asunto fue Rosa Luxemburgo:
“La lucha cotidiana por las reformas, por el mejoramiento de la situación de los obreros en el marco del orden social imperante y por instituciones democráticas ofrece a la socialdemocracia el único medio de participar en la lucha de la clase obrera y de empeñarse en el sentido de un objetivo final: la conquista del poder político y la supresión del trabajo asalariado”[18]
Los oportunistas buscaban reducir la lucha de la clase obrera a las simples reformas, abandonando la lucha por la destrucción de la sociedad capitalista, por la toma del poder y la construcción del socialismo. Quien mejor definió teórica y políticamente esta tendencia del oportunismo (revisionismo) fue Eduard Bernstein al sostener que el fin no importaba,lo importante es el movimiento y que el capitalismo evolucionaría, necesariamente, hacia el socialismo. La conclusión necesaria era que no se necesitaba luchar por el poder ni por el socialismo.
Pero el sectarismo también hizo su aparición como una reacción “natural” contra el oportunismo, al minimizar la importancia de la lucha por las reformas y la lucha electoral, entendiendo que estas se convierten en un obstáculo a la lucha por la revolución y la toma del poder.
En la anterior confrontación se impuso la política marxista revolucionaria, al derrotar las posiciones oportunistas y sectarias al interior de la Internacional. El predominio de esta política correcta se mantuvo hasta 1905, pues con la derrota del ascenso revolucionario, particularmente la revolución de 1905 en Rusia, se empieza a fortalecer la tendencia reformista; que finalmente se impuso, creció y pasó a consumar una traición abierta a la clase obrera y al socialismo el 4 de agosto de 1914.
La traición se concretó en que la jefatura de la Internacional orientó a sus partidos filiales para que en la guerra defendieran su patria y en concreto la socialdemocracia alemana, la más fuerte y poderosa dentro de la Internacional, votó favorablemente el presupuesto de guerra y llamó a la clase obrera a apoyar a sus burguesías nacional en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Las causas reales de ésta traición las precisó muy bien Lenin cuando afirmó:
“….Ha madurado una capa social íntegra de parlamentarios, de periodistas, de funcionaros del movimiento obrero, de empleados privilegiados y de ciertas capas intermedias del proletariado, que se han amalgamado con su burguesía nacional, y a la que esta burguesía supo valorar y “adaptar” […] Con la expresión intencionalmente vaga de “consecuencias prácticas”, Kautsky ha ocultado la simple verdad de que los partidos grandes y fuertes temieron la disolución de sus organizaciones, la incautación de sus fondos y el arresto de sus dirigentes por el gobierno. Lo que quiere decir que Kautsky, mediante consideraciones acerca de las desagradables “consecuencias prácticas” de la táctica revolucionaria, justifica la traición al socialismo. ¿No es esto prostituir el marxismo?”[19]
La consecuencia práctica de votar el presupuesto de la guerra y llamar a la defensa de la patria burguesa fue entregar a la clase obrera, el campesinado pobre y a la juventud en brazos de la burguesía para que los utilizara como carne de cañón en la carnicería de la guerra.
Rosa Luxemburgo dejó una brillante descripción de las consecuencias prácticas de esa política y se impone citarla en extenso, no sólo como un homenaje a ella y a su compañero Karl Liebknecht, brutalmente asesinados por la Socialdemocracia Alemana en 1919, sino porque siguen teniendo plena vigencia:
“Pero el desencadenamiento actual de la fiera imperialista en los campos europeos produce además otro resultado que deja al “mundo civilizado”, por completo indiferente: la desaparición masiva del proletariado europeo. Jamás una guerra había exterminado en estas proporciones capas enteras de la población; jamás, desde hace un siglo, la guerra había golpeado con tal furia a todos los pueblos civilizados de Europa. En los Vosgos, en las Ardenas, en Bélgica, en Polonia, en los Cárpatos, en el Save, son aniquiladas millones de vidas humanas, millares de hombres son reducidos al estado de enfermos. Y es la población obrera de las ciudades y de los campos quien constituye las nueve décimas partes de estos millones de víctimas. Es nuestra fuerza, es nuestra esperanza la que es segada diariamente en los campos de batalla, como las espigas caen bajo de la hoz; son las mejores fuerzas, las más inteligentes, los mejores educados del socialismo internacional los portadores de las más sagradas tradiciones, los representantes más audaces, los más heroicos del movimiento obrero moderno, las tropas de vanguardia del conjunto del proletariado mundial: los obreros de Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania y Rusia los que son asesinados después de haber sido amordazados. A los obreros de las naciones capitalistas dirigentes de Europa les incumbe la misión histórica de hacer la revolución socialista. Solamente de Europa, solamente de los países capitalistas más antiguos es de donde puede llegar, cuando suene la hora, la señal de la revolución social que liberará a la humanidad. Sólo los obreros ingleses, franceses, belgas, alemanes, rusos e italianos pueden, en conjunto, ponerse a la cabeza del ejército de los explotados y de los oprimidos de los cinco continentes. Sólo ellos, cuando llegue la hora, pueden hacerle rendir cuentas al capitalismo por sus crímenes seculares en todos los pueblos primitivos, por su obra aniquiladora en todo el globo, y sólo ellos pueden ejercer represalias. Pero para que el socialismo pueda llegar a la victoria, es necesario que existan masas cuya potencia resida tanto en su nivel cultural como en su número. Y son precisamente estas masas las que son diezmadas en esta guerra. La flor de la edad viril y de la juventud, cientos de miles de proletarios cuya educación socialista, en Inglaterra y en Francia, en Bélgica, en Alemania y en Rusia, era el producto de un trabajo de agitación y de instrucción de una docena de años; otros cientos de miles que mañana podían ser ganados para el socialismo: caen y mueren miserablemente en los campos de batalla. El fruto de decenas de años de sacrificios y esfuerzos de varias generaciones es aniquilado en algunas semanas; las mejores tropas del proletariado internacional son diezmadas. La sangría de la carnicería de junio había paralizado al movimiento obrero francés durante una quincena de años. La sangría de la carnicería de la Comuna lo retardo diez años más. Lo que ha ocurrido ahora es un asesinato masivo sin precedentes que reduce más y más la población obrera adulta de todos los países civilizados que están en guerra, que ha quedado reducida a mujeres, viejos y enfermos. Es una sangría que peligra agotar mortalmente el movimiento obrero europeo. Una guerra de este género más y las perspectivas del socialismo quedarían enterradas bajo las ruinas por la barbarie imperialista. Es mucho más grave que la escandalosa destrucción de Lavaina y de la catedral de Reims. Es un atentado no sólo a la cultura burguesa del pasado, sino a la civilización socialista del futuro, un golpe mortal a la fuerza que lleva en sí el precioso tesoro del pasado a una sociedad mejor. Aquí el capitalismo descubre su cabeza de cadáver; aquí confiesa que su derecho a la existencia ha caducado, que la continuación de su dominación ya no es compatible con el progreso de la humanidad.
Aquí se confirma que la guerra actual no es solamente un asesinato, sino también un suicidio de la clase obrera europea. Pues son los soldados del socialismo……., que desde hace meses se asesinan los unos a los otros por orden del capital; son ellos los que hunden en sus corazones el fuego asesino, enlazados en un abrazo mortal; cada uno lleva al otro a la tumba…..Los dividendos suben y los proletarios caen, y con cada uno de ellos cae un combatiente del futuro, un soldado de la revolución, uno de los que librarán a la humanidad del yugo del capitalismo desciende a la tumba.
Esta locura cesará el día en que los obreros de Alemania, de Francia, de Inglaterra y de Rusia despierten, al fin, de su embriaguez y se tiendan la mano fraternal, ahogando a la vez el coro bestial de los fautores de guerra y el ronco bramido de la hienas capitalistas, lanzando el viejo y poderoso grito de guerra del trabajo: “Proletarios de todos los países, uníos””[20]
La 1ª Guerra Mundial dejó aproximadamente 11 millones de muertos en Europa y 16 millones en Rusia,[21] además de los inválidos, las viudas y los huérfanos; dentro de esos 27 millones de muertos (civiles y militares), la inmensa mayoría eran trabajadores y campesinos enrolados obligatoriamente en los ejércitos burgueses o –sin ser militares–eran población civil expuesta a los peligros de la guerra. Dentro de ellos estaban millones de sindicalistas y militantes revolucionarios, que le habían costado a la clase obrera y al socialismo décadas de lucha para formarlos y ahora la política traidora de la socialdemocracia los lanzaba a la muerte, luchando por una causa injusta, la causa de la burguesía imperialista. Una vez se produjo esta monumental traición, los internacionalistas encabezados por Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky lanzaron la siguiente consigna: la II Internacional ha muerto, viva la III Internacional. Así se ubicaba y defendía la mejor tradición del marxismo, se recreaba y se proyectaba en el presenta y hacia el futuro la doctrina y la figura de Calos Marx.
La III Internacional y su disolución en 1943
En la creación de la III Internacional (1919), desde luego, que no participaron en persona ni Marx ni Engels, pero su fundación es consecuencia directa de su doctrina y, particularmente, de su teoría de la revolución socialista formulada desde 1850. Esta es la Internacional de la acción, hija de la Revolución Rusa de 1917 y del Partido Bolchevique, para organizar la solidaridad internacional, tratar de apoyar los procesos revolucionarios en Europa, como única posibilidad de mantener el poder en Rusia y poder avanzar en la construcción del socialismo en ese país, en Europa y en el mundo.
La bancarrota de la II Internacional, el triunfo de la Revolución Rusa, el prestigio del Partido Bolchevique y la profunda crisis capitalista, facilitaron la creación de la III Internacional, propuesta que ya habían hecho desde 1915 los revolucionarios socialistas encabezados por los Bolcheviques, que se venían oponiendo a la guerra.
El primer planteamiento se hizo en el Congreso de Mujeres Socialistas realizado en Berna, Suiza, entre el 26 al 28 de marzo de 1915. La mayoría de este Congreso encabezado por Clara Zetkín condenó la guerra y llamaba a los trabajadores a luchar por la paz; y la minoría, encabezada por la delegación de las mujeres bolcheviques, en su resolución denunciaban la traición de la II Internacional, llamaba a los obreros a derrocar el capitalismo y luchar por el socialismo.
Entre el 5 y 8 de septiembre de 1915 se reunió en Zimmerwald, Suiza, la conferencia más importante de los marxistas contra la guerra, en esta reunión estuvieron presentes Lenin y Trotsky. Aquí se logró aprobar un primer manifiesto. Trotsky describe así la reunión:
“Los cuatro días que duró la conferencia - del 5 al 8 de septiembre-fueron días agitadísimos. Costó gran trabajo hacer que se aviniesen a un manifiesto colectivo, esbozado por mí, el ala revolucionaria, representada por Lenin, y el ala pacifista, a la que pertenecían la mayoría de los delegados. El manifiesto no decía, ni mucho menos, todo lo que había que decir; pero era, a pesar de todo, un gran paso de avance. Lenin se mantenía en la extrema izquierda. Frente a una serie de puntos estaba solo. Yo no me contaba formalmente entre la izquierda, aunque estaba identificado con ella en lo fundamental.
Lenin templó en Zimmerwald el acero para las empresas internacionalistas que había de acometer, y puede decirse que en aquel pueblecillo de la montaña suiza fue donde se puso la primera piedra para la internacional revolucionaria”[22].
Luego en Kienthal, Suiza, se realizó una segunda reunión en la que se avanzó en la delimitación de las tendencias políticas y en la crítica al sector político que le capitulaba al imperialismo y a su política de guerra.
Al principio de la guerra el sector realmente marxista y revolucionario, jalonado por los Bolcheviques, aparecía como pequeña minoría aislada y sola, sobre todo entre 1914 y 1917, pero la crisis abierta por la propia guerra hizo que la situación diera un salto a su favor con el triunfo de la revolución de octubre, lo que permitió en 1919 fundar la III Internacional.
La Revolución Socialista de octubre de 1917 en Rusia, y sobre todo el partido bolchevique que dirigió a la clase obrera, al campesinado, las nacionalidades y las masas populares, fueron determinantes en el surgimiento y la creación de la nueva internacional. El Partido Bolchevique fue el único partido marxista que aplicó en relación a la guerra una política opuesta a la de la II Internacional: estar contra la guerra imperialista, transformar la guerra imperialista en guerra civil y tener como centro de su política el derrocamiento el régimen zarista y la toma del poder por la clase obrera, el campesinado y las masas populares. Fue el único partido que en menos de un año (febrero-octubre de 1917) logró ganar la mayoría y dirigir a la clase obrera al poder. Cuarenta y siete años después de la Comuna de París, primer intento fallido de la clase obrera en tomar el poder y construir el socialismo, triunfa la Revolución Socialista Rusa y, a pesar del odio y la santa alianza de la burguesía, se logra conservar el poder. La situación objetiva creada por la guerra mundial fue muy importante. Pero hubo un factor que fue determinante, el factor subjetivo, la calidad revolucionaria y marxista de la dirección, concretada en el Partido Bolchevique[23] y dentro del partido, un dirigente político socialista revolucionario excepcional, Lenin[24]; quien a partir de febrero de 1917 contó con un colaborador igualmente excepcional, León Trotsky[25].
En Alemania un sector de la clase obrera, a pesar de la traición de la socialdemocracia, se levantó e insurreccionó dirigido por los Espartaquistas pero fueron violentamente reprimidos por el gobierno.
Así como la I Internacional fue la de la anticipación de la lucha por el socialismo, la II la internacional de la organización y del crecimiento de la influencia del marxismo, la III fue la Internacional de la acción, es decir, la encargada de orientar a la clase obrera a nivel mundial en la inmensa tarea de aprovechar la crisis capitalista y el ascenso de masas, para intentar la toma del poder en la perspectiva de la necesidad apremiante de extender la revolución socialista a los países capitalistas desarrollados, como única condición para conservar el poder en la URSS y poder avanzar en la construcción socialista.
La creación de la III Internacional era la conclusión necesaria de la concepción de la revolución socialista como un proceso mundial, de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país y mucho menos en un país económicamente atrasado como Rusia, y cómo era imperativo para derrotar el capitalismo a nivel mundial poder extender el proceso revolucionario y contar para la construcción del socialismo con el concurso, por lo menos, de algunos de los países capitalistas más desarrollados. La III Internacional fue creada precisamente para poder tratar de llevar a cabo estas tareas; sin cuya realización el proceso revolucionario abierto, terminaría necesariamente en la derrota, el fracaso y la restauración capitalista. Esta fue la perspectiva en la que se ubicaron siempre los socialistas revolucionarios: Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.
La fundación de la III Internacional obedeció a esta necesidad central y en esa dirección apuntaron sus Primeros Cuatro Congresos, orientados y dirigidos por Lenin y Trotsky y cuyas resoluciones, análisis y orientaciones quedaron como toda una escuela en táctica y estrategia revolucionarias.
Lenin y Trotsky eran plenamente conscientes de este problema, nunca se plantearon el poder por el poder mismo; por el contrario, consideraron que no sería una desgracia perder el poder en Rusia si se ganaba en Alemania, Francia o Inglaterra. El propio Trotsky reafirma esta perspectiva y política revolucionaria cuando explica porque, a pesar del apoyo que tenía en el Ejército Rojo, ni se le pasó por la cabeza intentar un golpe de estado frente a la fracción estalinista, entre 1924 y 1928.
A lo que más miedo le tenía la burguesía mundial era a la posibilidad que la revolución se extendiera a otros países y sobre todo a países desarrollados capitalistamente como Alemania, Inglaterra o los EE.UU. La burguesía norteamericana y la inglesa en más de una oportunidad le ofrecieron al Partido Bolchevique y en particular a Lenin y Trotsky reconocer el gobierno bolchevique, si como contraprestación estos renunciaban a impulsar la revolución socialista mundial. Lenin y Trotsky rechazaron esta propuesta y, por el contrario, arrecieron la campaña a favor de la revolución socialista a nivel mundial. Para ellos el internacionalismo proletariado no se podía negociar con los gobiernos imperialistas.[26]
Derrota coyuntural de la revolución europea
y renuncia definitiva
al internacionalismo proletario
En 1919 el levantamiento de la clase obrera alemana fue aplastado y sus dos máximos dirigentes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, fueron brutalmente asesinados por el gobierno socialdemócrata. En 1923 la revolución alemana volvió a fracasar y lo mismo sucedió en varios países de Europa. La perspectiva de la revolución europea se alejó, en la coyuntura, y la revolución rusa quedó temporalmente aislada. Al mismo tiempo, internamente, una parte importante de la vanguardia de la clase obrera, protagonista central de la revolución de octubre de 1917, murió en la guerra civil rechazando el levantamiento de la contrarrevolución y los ejércitos extranjeros que invadieron la URSS. El cansancio revolucionario se empezó a manifestar, se fortalecieron los campesinos ricos, el conservadurismo y la burocratización igualmente se empezaron a expresar al interior del Partido y del gobierno. Lenin, antes de enfermarse en forma definitiva[27], en su último escrito del 2 de marzo de 1923 denominado “Mejor poco, pero mejor”, dejó planteados estos problemas, la necesidad de la industrialización, combatir el burocratismo al interior del Estado y del Partido. La derrota coyuntural de la revolución en Europa, el cansancio de los trabajadores en Rusia, el fortalecimiento de los campesinos ricos y las primeras manifestaciones de la burocratización se expresaron al interior del Partido Bolchevique. Estos problemas, igualmente, los dejó formulados Lenin en su Testamento Político y propuso se aumentara la presencia de obreros en el Comité Central y se relevara a Stalin del cargo de Secretario General, entre otras medidas, para tratar de evitar una posible escisión. La muerte de Lenin en enero de 1924 coincidió con la agudización de las divergencias al interior del Partido Bolchevique.[28]
Las anteriores divergencias se sintetizaron, como era lógico, en la dinámica del proceso revolucionario: internacionalismo o nacionalismo, revolución permanente o socialismo en un solo país. Se impuso la tendencia stalinista[29] que implicaba dedicarse a construir el socialismo en Rusia, abandonar la perspectiva de la revolución socialista mundial y el internacionalismo, se fortalece el campesinado rico, se acentúa la burocratización del Partido Bolchevique, se elimina la democracia interna y empieza una lucha implacable contra la oposición a este proceso, que luego se hizo masiva e implicó la eliminación física no sólo de los trotskistas sino de la inmensa mayoría de la vieja guardia revolucionaria, de miles y miles de activistas, en los denominados procesos de Moscú y por fuera de los mismos. La represión alcanzó también a diversas minorías y nacionalidades. Este proceso, aunque disminuyó, no se detuvo ni siquiera con la muerte de Stalin en 1953. Este proceso contó con el apoyo incondicional de los intelectuales denominados amigos de la URSS, de los intelectuales militantes o simpatizantes de los partidos comunistas en el mundo y, desde luego, con el apoyo de las direcciones de esos partidos. Desintegrada la URSS en 1989 se empezaron a abrir los archivos, incluido el personal de Stalin, y cada día que pasa se confirma, dramáticamente, lo expresado por Trotsky en su texto Los crímenes de Stalin: “La memoria de los hombres es generosa cuando las medidas draconianas han sido ejercitadas con grandes finalidades históricas. Por el contrario la Historia no perdona una gota de sangre inmolada al Moloch de la injusticia y del privilegio. Nuestro sentido moral encuentra su más puro sosiego en la incólume convicción de que el castigo histórico será proporcionado al crimen. La revolución abrirá todos los escondrijos y armarios secretos, revisará todas las imposturas y procesos, rehabilitará a todos los calumniados y desde el monumento a las víctimas lanzará su maldición eterna a los verdugos. Stalin desaparecerá de la escena bajo el peso de sus crímenes como sepulturero de la revolución, como la más siniestra figura de la historia”.
Lo que se produjo fue un verdadero genocidio cuyas cifras exactas nunca se podrán precisar pero que según algunos autores estarían entre 5 y más de 15 millones de muertos. Con la eliminación de la oposición de izquierda y el viejo partido bolchevique, en su inmensa mayoría, se crearon las condiciones para el dominio monolítico del movimiento obrero por parte de la burocracia estalinista y para que por muchos años, incluso generaciones, los trabajadores no pudieran recomponer ni resolver el problema de la dirección socialista revolucionaria y se manchó de manera casi irreparablemente la imagen de Carlos Marx, el socialismo, la causa de los trabajadores y la Gran Revolución Bolchevique de 1917. Ese es el precio que todavía se está pagando.[30]
Con la eliminación física del Partido Bolchevique, el stalinismo desempeñó un rol semejante al de la socialdemocracia en la primera guerra mundial, es decir, llevó al matadero a la más capaz y brillante vanguardia revolucionaria que produjo la clase obrera y el socialismo en el siglo XX. Pero en este último caso fue mucho más condenable y trágico, el carnicero no fue el régimen capitalista y la guerra, sino el propio régimen burocrático surgido dentro de la URSS.
Se colocó la III Internacional al servicio de mantener el poder del estalinismo en la URSS y no el poder en la URSS al servicio de impulsar la revolución socialista a nivel mundial. En España, Yugoslavia y Grecia el estalinismo se jugó a liquidar dichos procesos revolucionarios como parte del exterminio de la oposición de izquierda y por temor a que sectores no estalinistas, trotskistas, poumistas, etc., salieran fortalecidos.[31]
Cuando ya se había consolidado el exterminio al interior de la URSS y se dieron procesos revolucionarios que triunfaron como el chino, el cubano, etc., el estalinismo los apoyó económica, política y militarmente, los copó –excepto al chino–, igualmente los controló y los puso al servicio de mantener su poder burocrático en la URSS.
Para la supuesta construcción del socialismo en un solo país un partido mundial era un estorbo. Una vez que es derrotada la oposición de izquierda al interior de la URSS y del Partido Bolchevique en 1928 —y queda claro que la dirección política en la URSS no impulsará la revolución mundial y se dedicará a construir el socialismo en Rusia—, viene la colaboración de los Estados Unidos para la industrialización en el marco del Primer Plan Quinquenal.[32]
Lo que vino después fue la gran depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, en cuyo contexto la clase obrera y la revolución socialista mundial tuvieron oportunidades excepcionales. Oportunidades no aprovechadas y más bien liquidadas por la política estalinista, que ya era la única política existente al interior del partido comunista de la URSS, la III Internacional y el gobierno soviético. Al final de la Segunda Guerra Mundial, parte de los territorios ocupados por el Ejército Rojo, que había jugado un papel determinante en la derrota del nazismo, pasaron a la órbita soviética e igualmente controlados por el gobierno burocrático.
En el marco de la Segunda Guerra Mundial aquella política se tradujo en la disolución de la III Internacional en 1943 como parte de los acuerdos con las potencias imperialistas vencedoras: EE.UU. e Inglaterra[33]. Desde 1943 la dirección del gobierno soviético, el Partido Comunista, sus intelectuales amigos, los partidos comunistas de todo el mundo, nunca se volvieron a plantear la creación de una nueva Internacional.
Después de la desintegración de la URSS y de la restauración capitalista en Rusia, en los países del este de Europa, del proceso en curso en China y en todos los otros países de la denominada órbita soviética, y, por lo tanto, del fracaso estruendoso del intento de construir el socialismo en un país y, luego, en un grupo de países atrasados, no se ha hecho un balance crítico a fondo, asumiendo las responsabilidades políticas ante la clase obrera mundial ni se ha retomado el internacionalismo.
Hoy la inmensa mayoría de los intelectuales de moda, los investigadores, los académicos, los historiadores, los integrantes de la organizaciones no gubernamentales, de los organismos de derechos humanos, de los foros y seminarios han optado por ignorar la Revolución Rusa de 1917 o se refieren a ella en forma marginal, sin referirse a lo que pasó con el marxismo, el socialismo y la clase obrera en la URSS, entre 1917 y 1989, como si se pudiera ignorar el acontecimiento determinante de la historia del siglo XX y sus consecuencias en el siglo XXI.
Fue tan grande, tan profundo e histórico el daño causado a la imagen de Marx y el socialismo entre 1924 y 1989, con el genocidio adelantado contra el partido bolchevique, la burocratización y el fracaso del segundo intento de sustituir el capitalismo por el socialismo, que van a pasar varias décadas más para que podamos limpiar de su rostro el lodo que todavía los cubre.
La única corriente o tendencia del marxismo que desde la década del 30 mantuvo levantada en sus manos la bandera de la lucha por la teoría y la perspectiva de la revolución socialista como un proceso mundial y de la necesidad de construir una nueva Internacional de los trabajadores, de los intelectuales y del socialismo, fue la Oposición de Izquierda y luego el trotskismo, con la fundación de la IV Internacional en 1938. Y aunque la IV Internacional no haya logrado salir de la marginalidad no ha dejado de ser un puente entre la desaparición del Partido Bolchevique, de la III Internacional, la burocratización de la URSS y las nuevas generaciones que se acercan a la lucha anticapitalista y por el socialismo.
La recuperación del marxismo como la teoría de la liberación de la clase obrera, del campesinado pobre, de la juventud, de las mujeres, de las minorías nacionales y raciales, y de todos los explotados y oprimidos del mundo, pasa necesariamente por un balance franco y abierto de las causas reales del fracaso del segundo intento de reemplazar el capitalismo por el socialismo. Pasa igualmente por rehabilitar a todo el Partido Bolchevique, a la oposición de izquierda y a los miles, más bien millones, de dirigentes, militantes de base revolucionarios, científicos, abogados, investigadores, etc., que fueron deportados y expulsados unos, y otros enjuiciados injustamente y ejecutados en los abominables Procesos de Moscú y muchos, de hecho, por fuera de esos procesos. Esto implica desenlodar el marxismo, el socialismo, la clase obrera y el propio Marx, pues ellos fueron utilizados, en una gigantesca impostura histórica, para llevar a cabo en su nombre y en su supuesta defensa, uno de los más grandes actos de barbarie del siglo XX. Mientras esto no se haga Marx no podrá vivir tranquilo y seguirá caminando sobre un campo pantanoso, enlodado, ensangrentado y minado y el socialismo y la clase obrera no podrán volver a ser una posibilidad real para los millones de seres humanos explotados y oprimidos dentro del mundo capitalista.
Los intelectuales, los profesores universitarios, los investigadores, que participan en casi todos los foros, seminarios, reuniones para reivindicar a Marx no pueden seguir mirando por la ventana o simplemente ignorando conscientemente toda aquella desagradable, pero existente realidad.
Esta es una inmensa deuda que se tiene con las nuevas generaciones, con la juventud, con los estudiantes, campesinos y, sobre todo, una deuda con la clase obrera y el socialismo.
Ojala que a la actual generación de jóvenes, dentro de 10, 20 o 30 años, no le vaya a tocar leer con el mismo desagrado e indignación lo que nos ha tocado a nosotros leer, en relación a escritores e historiadores que han sido calificados como de los mejores de nuestro tiempo, pero que fueron grandes cómplices de la inmensa tragedia del genocidio en la URSS[34]. Me refiero al historiador inglés Eric J. Hobsbawn. En el 2004 se publicó una entrevista que le concedió a Antoine Spire y este le pregunta:
“¿Jean Pierre Vernat, gran resistente y filósofo, explica que una de las razones por las que se dedicó a Grecia es porque la disciplina de partido no llegaba hasta allí. Tenía una libertad de investigación mayor si se interesaba por el pasado lejano que si se apasionaba por la historia contemporánea”?
Hobsbawm contesta:
“En cierto sentido negativo, éste también es mi caso. Hablando claro: nunca intenté ocuparme de la historia rusa porque sabía que tendría problemas, sobre todo para la historia rusa moderna, donde habría tenido que decir cosas absolutamente inaceptables. En la década del 30 era bueno, por ejemplo, haber interiorizado la hostilidad al trotskismo, pero, a pesar de todo, se sabía que lo que se decía sobre el tema de Trotski era completamente falso. Por la misma razón me limité al siglo XIX, porque en el siglo XX, tendría que haber apoyado o sostenido que la fundación del Partido Comunista inglés lo había cambiado todo, y eso, visiblemente, no era el caso. Por esa razón terminé mi trabajo intelectual en 1914. Pero, en el fondo, existía cierta libertad.
Expliqué, sin que nadie me molestase, que el Partido Comunista no tenía grandes opiniones sobre la historia inglesa. Pienso que el Partido nos veía como buenos camaradas… Los rusos se tomaban un poco a broma lo que hacíamos, casi nos animaban a seguir investigando. Éramos casi libres”[35]
Estos no son, desde luego, los intelectuales que la clase obrera necesita, no son los intelectuales que el socialismo necesita, no son los amigos que Marx necesita para poder seguir viviendo en la conciencia y en la acción revolucionaria de millones de trabajadores, de intelectuales y jóvenes en el mundo. Por el contrario, este tipo de intelectuales fueron los que con su silencio cómplice ayudaron a enlodar el socialismo y la imagen de Marx y los que hoy, ignorando la realidad histórica concreta, siguen impidiendo que Marx, el marxismo y el socialismo sean vistos realmente como una fuerza liberadora de todos los explotados y oprimidos por el capitalismo en el mundo.
Mientras no se restablezca la verdad histórica no lograremos sacar el marxismo, el socialismo y la propia figura de Marx del inmenso lodazal en el que fueron sumergidos. Todos los verdaderos partidarios de Marx estamos llamados a seguir colaborando en esta inmensa tarea. Manos a la obra.
Edgar Ospina D.
[1] Edgar Ospina D, Del “Fin de la historia y el último hombre” al penúltimo charlatán, editado en fotocopia 2.000 Bogotá
[2] El Seminario Marx Vive, que se viene realizando desde hace siete años, hace parte de este fenómeno, cuyo carácter progresivo es indiscutible; aunque sus organizadores eviten abordar aspectos centrales del marxismo como la burocratización del Estado Soviético y el Partido Bolchevique, la política stalinista, el genocidio de la oposición de izquierda, el abandono del internacionalismo proletario y de la necesidad de la organización política mundial, etc.
[3] Ver el Antiduhring, escrito por Federico Engels, en consulta con Marx. Es una dura polémica contra Eugen Duhring, profesor de la Universidad de Berlín, quien en 1868 publicó una reseña del primer volumen del Capital de Marx, pero llevando a sus lectores más confusión que claridad.
[4] El marxismo se elaboró y construyó en múltiples luchas ideológicas y científicas. Basta observar el Capital para darse cuenta que Marx estudió todo lo que la ciencia había producido hasta ese momento en esa materia y todo ese material fue sometida a dura crítica; en el campo político se puede observar el mismo fenómeno. Bastaría mencionar tres contradictores importantes: Proudhon Pedro José, Bakunin Mijaíl y Lassalle Fernando.
[5] Llama la atención que un amplio sector de la intelectualidad y de los profesores universitarios de la “posmodernidad” (capitalismo en descomposición), solo hacen alusiones generales y abstractas a la Revolución Rusa (bolchevique) de 1917 y a la desintegración de la URSS en 1989, pero evaden problemas como la burocratización, el stalinismo, el genocidio de la oposición de izquierda y las consecuencia que de allí se derivan para el marxismo, el socialismo y la clase obrera. Así mismo, contrariando la objetividad histórica, cuando citan a los grandes marxistas del siglo XX mencionan a Lenin, Rosa Luxemburgo y a veces a Mao, pero guardan silencio en relación a León Trotski.
[6] Carlos Marx y Federico Engels, La Sagrada Familia, Editorial Pluma, 1980, pág. 158.
[7] Jacques Attali, Karl Marx o el espíritu del mundo, Fondo de Cultura Económica, Argentina 2005, pág. 104.
[8] Marx Carlos y Engels Federico, El Manifiesto Comunista. Actitud de los comunistas respecto a los diferentes partidos de oposición, Fondo Editorial Progreso.
[9] Jacques Attali, Karl Marx o el espíritu del mundo, Fondo de Cultura Económica, Argentina 2005, pág. 146-147.
[10] Claudín Frenando, Marx y Engels y la Revolución de 1848, Siglo veintiuno Editores, 1976, pág 306.
[11] Correspondencia de Marx y Engel, citada por Attali, pág. 198.
[12] Carlos Marx, Glosas marginales al Programa del Partido Obrero Alemán, mayo 1875. En la discusión del Programa de Gotha lo que deja planteado Marx es la profunda tendencia al oportunismo y el reformismo existentes en la socialdemocracia alemana. Esta tendencia se expresa con toda su brutalidad en la Primera Guerra Mundial (1914), cuando votó el presupuesto de guerra y traicionó la causa del socialismo y de los trabajadores.
Al interior de la URSS, de manera especial luego de 1924, vuelven y se expresan las tendencias socialdemócratas, pero ahora como nacionalismo (socialismo en un solo país), abandono del internacionalismo, burocratización y totalitarismo contra los revolucionarios y los trabajadores.
[13] Fernando Claudin, La crisis del movimiento comunista, Ruedo Ibérico, 1970, pág. 25.
[14] James A. Nathan y James K Oliver, Efectos de la política exterior norteamericana en el orden mundial, Grupo Editor Latinoamericano, Colección Estudios Internacionales, Buenos Aires 1991, capítulo I, pág. 27.
[15] Nikita Kruschev, Informe Secreto en el XX Congreso del PCUS en 1956, Cuadernos Socialistas, pág. 71, Bogotá 10 de agosto de 2009.
[16] Trotsky León, La revolución traicionada, Editorial Fontamara, 1977, pág. 281.
[17] El último Congreso de la 1ª Internacional se realizó en septiembre de 1873. Así comenta Marx, en Carta dirigida a Albert Sorge, secretario general de la Internacional, el Congreso que se acaba de realizar: “Ese congreso fue un fiasco [….] Los acontecimientos y la evolución de las cosas suministrarán por sí mismos una resurrección de la Internacional en una forma más perfecta. Mientras tanto, basta con no dejar que se nos escapen totalmente de las manos la relación con los mejores en los diversos países, y, para el resto, no tiene que importar un ardite las decisiones locales de Ginebra, en suma hay que ignorarlas lisa y llanamente. La única buena resolución que se ha tomado es la de diferir el congreso a dos años, porque facilita esa manera de actuar. Además, permite tachar de un plumazo los cálculos de los gobiernos continentales, porque estos no podrán utilizar el fantasma de la Internacional en su inminente cruzada reaccionaria. En efecto, es preferible que los burgueses consideren en todas partes a ese fantasma como felizmente enterrado”. El 12/9/74 Albert Sorge, Secretario, renuncia y Engels le manifiesta que con su renuncia la Internacional ha dejado de existir y le agrega “Creó que la próxima Internacional –cuando los escritos de Marx hayan producido su efecto durante algunos años- será totalmente comunista y enarbolará absolutamente nuestros principios”
[18] Reforma o revolución, Rosa Luxemburgo, Editorial Pluma, Bogotá 1976.
[19] Lenin, La bancarrota de la II Internacional, Obras completas Tomo XXII, Editorial Cartago, 1970, págs.. 346 y 351.
[20] La Crisis de la socialdemocracia, Rosa Luxemburgo, 1914-1915. Ediciones Roca, México 1972, Págs. 157-160.
[21] “El número global de muertos habidos en Europa (excluyendo Rusia), es decir, las bajas militares y civiles ocasionadas por la guerra, ascendió a más de 11 millones, de los cuales poco más de 6,5 millones se debieron a causas militares. Dicho de otro modo, la guerra eliminó al 3,5 por 100 de la población europea... La mortalidad total en este país [Rusia] ascendió probablemente a 16 millones (principalmente a resultas de la guerra civil), lo que equivale al 11 por 100 de la población de antes de la guerra”. Durek H Aldcroft, Historia Económica Mundial del Siglo XX, de Versalles a Wall Street, 1919-1929, Editorial Critica, Grijalbo, Barcelona, 1985, pág. 26.
[22] Las tres primeras internacionales, George Novack, Dave Frankel y Fred Feldman, Editorial Pluma, Bogotá 1977, págs. 101 y 102.
[23] Nahuel Moreno, Actualización del Programa de Transición, Caracteres Editores Ltda., Bogotá, 1990, pág. 16: “El Partido bolchevique es un caso único y su existencia y desarrollo obedecieron a una combinación de circunstancias. La primera tuvo que ver con la propia situación de Rusia: bajo el régimen zarista no hubo márgenes para una política reformista ya que el régimen autocrático no los daba. Era una etapa revolucionaria, no reformista, ya que lo que estaba planteado con un carácter perentorio era hacer la revolución contra el zar. Esta necesidad imperiosa caía en manos de un joven proletariado industrial, altamente concentrado, parte del proletariado europeo desde el punto de vista político e ideológico. Por otra parte, La dirección política de ese proletariado era parte también de las corrientes existentes dentro del proletariado europeo; es así como hubo tendencias anarquistas y marxistas y, dentro de estas últimas revisionistas y marxistas primero, oportunistas y revolucionarias después (los mencheviques y los bolcheviques).La combinación de todos estos factores llevó a la construcción por los bolcheviques de un partido independiente de los reformistas mencheviques y con características únicas en el espectro marxista y revolucionario: altamente centralizado, con revolucionarios profesionales, única forma de responder a la urgente necesidad histórica de dirigir la revolución obrera contra el zar.
Rusia era el país de Europa donde estaba planteado con carácter inmediato y urgente el problema del poder, de voltear al gobierno existente e imponer otro gobierno, es decir de hacer una revolución democrática. Esta combinación de circunstancias hace que surja un tipo de partido marxista nuevo que se construye para hacer la revolución y para tomar el poder”.
[24] Cuando se produjo la revolución de febrero de 1917 que derribó la monarquía y llevó al poder al gobierno provisional de Kerensky, quienes estaban al frente del Partido Bolchevique en Rusia eran Kamenev y Stalin. Estos se inclinaron por el apoyo al gobierno provisional, y Lenin al llegar debió librar una dura lucha contra esta política, planteando la consigna de abajo el gobierno de Kerensky y todo el poder a los Soviets. Trotsky afirma que sin la llegada de Lenin existía la posibilidad que no hubiera revolución de octubre. Ver al respecto La Revolución Rusa, León Trotsky, Editorial Pluma, Bogotá, Tomo I, Capítulos “Los Bolcheviques y Lenin” y “El rearme del partido”.
[25] Lenín en su Testamento político, escrito en 1922, no duda en afirmar que Trotski es el hombre más capaz del CC. Obras completas, Tomo XXXVI, Editorial Cartago, Pág. 472. “Trotski fue un héroe de la revolución. Y cayó cundo terminaron los tiempos heroicos”, E.H. Carr, El Socialismo en un solo país, Tomo 1, Alianza Universidad, Pág 160. Karl Radek, en el año de 1923 dijo lo siguiente refiriéndose a Trotsky: “Nuestro aparato de Estado suena y rueda. Pero nuestro verdadero éxito es el Ejercito Rojo. Su creador y su centro nervioso es el camarada Trotsky. La historia de la Revolución Proletaria ha demostrado que las plumas pueden convertirse en espadas. Trotsky es uno de los mejores escritores sobre el socialismo internacional, pero sus dotes literarios no le han impedido transformarse en el primer conductor y el primer organizador del primer ejército proletario”..
[26] Ronald E. Powaski, La guerra fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, 19171991, Critica, Barcelona, 1998. El 2 de diciembre de 1918, Lassing, secretario de gobierno de los EE.UU. le escribe a Wilson, presidente, que era imposible reconocer el gobierno Bolchevique por razones ideológicas y políticas. Según Lassing los Bolcheviques reconocen francamente “la decisión……de derrocar a todos los gobiernos que existen e instaurar sobre sus ruinas un despotismo del proletariado en todos los países”. Ver págs. 17, 18 y 19.
[27] Lenin, Mejor poco, pero mejor, Obras completas Tomo 36, Editorial Cartago, Buenos Aires.
[28] En el escrito de Lenin del 12 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923, que se ha conocido como su Testamento Político, entre otros, hizo el siguiente planteamiento:“El camarada Stalin, convertido en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder ilimitado, y no estoy seguro que siempre sepa utilizar ese poder con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotski, como ya lo demostró su lucha contra el Comité Central en el problema del Comisariado del Pueblo de Transporte, no se destaca sólo por su capacidad sobresaliente. Personalmente tal vez sea el hombre más capaz del actual CC, pero ha demostrado excesiva seguridad en sí mismo y excesiva preocupación por el aspecto puramente administrativo del trabajo. Estas dos cualidades de dos lideres sobresalientes del Comité Central actual pueden llevar inadvertidamente a una escisión; y si nuestro partido no toma las medidas necesarias para impedirlo, la escisión puede producirse inesperadamente […] Stalin es demasiado rudo, y este defecto, aunque del todo tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros los comunistas, se hace intolerable en un secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen una manera de relevar a Stalin de ese cargo y de designar en su lugar a otra persona que en todos los aspectos tenga sobre el camarada Stalin una solo a ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés y más considerado con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia podrá parecer un detalle insignificante. Pero creo que desde el punto de vista de protegernos de la escisión, y desde el punto de vista de lo que escribí más arriba sobre las relaciones entre Stalin y Trotski, no es detalle, o es un detalle que puede adquirir una importancia decisiva”, Lenin, Obras completas , Editorial Cartago, Tomo XXXVI, págs. 474, 475 y 476.
[29] ¿Qué es el estalinismo?. Lo primero es afirmar que no se trata de un asunto personal relacionado con José Stalin quien estuvo al frente del Partido Bolchevique desde 1924 y de la URSS desde este mismo año y hasta su muerte en 1953. El estalinismo remite a una concepción política, económica, filosófica e incluso jurídica, elaborada, en lo fundamental por Stalin y que como concepción fue y es la expresión de procesos objetivos económicos y sociales que se desarrollaron al interior de Rusia a partir de 1920, procesos objetivos que se expresaron en una capa burocrática, que se hizo usufructuaria de inmensos privilegios sociales, se apropio del poder político, que la clase obrera y el Partido Bolchevique habían tomado, transformándose en un nuevo régimen de dominación de la clase obrera. El estalinismo implicó una ruptura programática y política con la Revolución Bolchevique y con el marxismo, manteniéndose, desde luego, al interior de la clase obrera como su dirección a nivel de la URSS y del mundo. La responsabilidad de Stalin como persona y cuadro político se refiere a la manera como actúo a partir de esos procesos económicos y sociales objetivos, no progresivos, que se desarrollaron y de los cuales se convirtió en su principal vocero. Para una comprensión mucho más cabal y completa del estalinismo se puede consultar La revolución traicionada, de León Trotsky, escrita y publicada en 1936 y que constituye el mejor y más completo análisis del estalinismo y del diagnóstico y del pronóstico del desastre al que conduciría a la URSS.
[30] Hoy en día existe una amplia bibliografía al respecto, de distintas tendencias y orientaciones, desde enemigos de la revolución rusa hasta simpatizantes, desde luego también existen autores trotskistas. Estos últimos han contraído su análisis a la eliminación física de la oposición de izquierda, al trotskismo, sus simpatizantes, familiares, etc. y aquí la cifra podría llegar a varios millones; pero es evidente que el genocidio abarcó sectores de la población mucho más amplios, incluidos los judíos y varias nacionalidades como los chechenos, los polacos, etc. Entre 1937 y 1938 fueron arrestadas cerca de 1.500.000 personas, sólo 250.000 fueron liberadas, en realidad, la NKVD tenía la orden de llevar aproximadamente la mitad de las víctimas no a los nuevos campos de Siberia o del norte de Rusia, sino a las fosas de ejecución situadas en las afueras de la mayoría de las ciudades. Cerca de 750.000 personas perecieron bajo una lluvia de balas en ese breve periodo de dos años. En Gran Terror tenía su espantosa lógica” Ver Robert Service, Stalin, una biografía, Editorial siglo XXI, 2006, pág. 354.
[31] Andrés Nin, dirigentes del POUM Español y muchos más luchadores en la guerra civil fueron arrestados, torturados y asesinados por la GPG enviada a ese país.
[32] Powaski E. Ronald, La guerra fría, pág. 45. Derrotada la oposición de izquierda, expulsado Trotsky y aprobado el primer Plan Quinquenal llegaron las empresas norteamericanas como Ford Motor Compañy, General Electric Company y muchas más a apoyar el proceso de industrialización.
[33] Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista, de la Comintern a la Cominform, Ruedo Ibérico 1970, págs. 8, 9 y 10. Willian Foster, presidente del Partido Comunista de los EE.UU. escribió el libro Historia de las tres internacionales y en el mismo afirma que la disolución de la III Internacional obedeció a las negociaciones con Estados Unidos e Inglaterra para crear un segundo frente en la 2ª Guerra Mundial y estos exigieron eliminar cualquier posibilidad de plantear el problema de la revolución mundial y a pesar de todas las demostraciones que ya había dado el estalinismo en China, en España, en Grecia, etc., exigían disolver la III Internacional. Stalin accedió a dicha exigencia.
[34] Applebaum Anne, Gulag, Historia de los campos de concentración soviéticos, De Bolsillo, España, 2006, págs. 23, 24 y 25. “Por otra parte, la reputación del filósofo francés Jean-Paul Sartre no ha sufrido en lo más mínimo por su agresivo apoyo al estalinismo durante los años de la posguerra, cuando había pruebas abundantes de las atrocidades de Stalin al alcance de cualquier interesado. Una vez Sartre escribió que no era nuestro deber escribir sobre los campos de trabajo soviéticos; que éramos de permanecer alejados de las disputas sobre el carácter del sistema, siempre que no ocurriera ningún episodio de importancia sociológica...” “Durante los procesos de Moscú, mientras Stalin condenaba arbitrariamente a miles de inocentes miembros del partido a los campos, el dramaturgo Bertolt Brecht le decía al filósofo Sidney Hook: “ Cuanto más inocentes son, más merecen morir”.
[35] Eric J. Hobsbawm, conversaciones con Antoine Spire, El optimismo de la voluntad, Editorial Paidós, Barcelona, España, 2004, págs.. 33 y 34.